El gato negro

 El gato, negro como el azabache, se desperezó displicentemente, como sólo los gatos son capaces, de esa forma en que, al terminar, te miran como si tú, simple mortal, jamás pudieses tener acceso a un control tal del estiramiento propio y sintienen a la vez lástima y desprecio a partes iguales.

— Se llama blanquito II. — Una voz juvenil rompió el silencio desde atrás. La conciencia se relamió con aquella interacción ¡Cuantísima información sobre el nominador aportaba aquel apelativo! Voló entonces hasta un momento posterior. La bruja daba una lección.

— Esta magia es una mentira que encaja con sus deseos. — Daba vueltas al caldero mientras añadía ingredientes. — La poción te permitirá cambiar tu rostro con el de otra persona pero hay que encontrar el equilibrio apropiado entre el poder vítreo y el resinoso para que el acabado sea realista. Debes moldear la pasta para que se ajuste a la forma que buscas. ¿Qué tal funcionó el mapa que te avisa de dónde están tus enemigos? — Volvió a saltar hacia delante. Esta podía ser sin duda una gran adquisición para su colmena, mucho mejor que aquel cocinero-capa negra padre de aquel chico que, por lo que fuera, bloqueaba su estructura de pensamiento. En esta ocasión era ella quien hablaba.

— Probablemente no es la magia lo que te acaba por decepcionar, sino los que viven de ella, los que la instrumentalizan para aprovecharse de la inspiración que ejerce sobre otros. 

— Supongo que como todo lo demás. Siempre hay quien quiere aprovecharse de la fuerza e inspiración de los idealistas e ilusos.


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Gregor